Semana Santa Monóvar - Pregón 2007

   
  Semana Santa Monóvar
  Pregón 2007
 

Pregón de la Semana Santa de 2007


Sr. Alcalde Exma. Corporación Municipal.
Sr. Cura y compañeros.
Presidente y miembros de la Junta Mayor de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Monóvar.
Amigos...
Es la primera vez que piso este escenario, el escenario del Teatro Principal de Monóvar, y, al iniciar este pregón, el primero de la Semana Santa, según tengo entendido, siento como si estuviéramos asistiendo a "una de Romanos". Aún cuelgan de mis recuerdos infantiles las imágenes de actores y actrices cuyas fotografías adornaban las paredes del salón de entrada y cuyos nombres ingleses pronunciábamos en monovero: Gregory Peck, Victor Mature, Ingrid Bergman, Ivonne de Carlo, Burt Lancaster, Lauren Bacall, Errol Flynn, Edward G. Robinson, Charles Boyer, Charles Laugthon, Sophia Loren, Doris Day, Ava Gardner... Salón de entrada adonde los hombres salían a fumar entre Nodo y película, y donde Olegario se afanaba preparando bocadillos. Aquella atmósfera filtraba en nuestra memoria uno de tantos imaginarios en los que nuestras edades juveniless se envolvóan como en casa propia.
Quiero agradecer a Ramón que me llamara, en nombre de la Junta Central, para proclamar este pregón precisamente aquí, en Monóvar, y en este marco, donde la memoria nos lleva, por generaciones, al principio, simpre al principio: "En el principio estaba la palabra..." Y, como era en el principio, asi, los pasos siguientes de la vida. Ahora y siempre.
Fue hace 48 años, en 1959, cuando viví por última vez la Semana Santa en Monóvar: eran otros tiempos, y el régimen de internado del Seminario no permitía que, pasadas las vacaciones de Navidad, pudiésemos regresar a casa hasta el verano (boda de Amparín). Ntro. Padre Jesús, el Cristo, La Dolorosa, El Sepulcro, La Soledad, y el Encuentro del día de Pascua se convirtieron en un imaginario que emergía de mi interior, tirando haia las raices, cuando comencé a vivir la Semana Santa en otros pueblos: primero, Orihuela; luego, Alicante, Aspe, Altea, Pinoso, otra vez alicante... "Estos no son los mios", pensaba yo, comparando siempre lo que veían mis ojos de niño con lo que habia vivido hasta entonces en el pueblo. "No son los mios", decía mi inconsciente juvenil. Pero vamos creciendo, hasta que llega el momento en que nuestro corazón se abre a lo universal, y dices: "sí, también son los mios", junto con los que me dieron mis padres, mi familia, mi pueblo. Solo que, hasta llegar a comprender bien estas cosas, hemos tenido que sufrir, primero, la experiencia del destierro. Hoy, en Alicante, abro los ojos a su Semana Santa y sigo diciendo " sí, sí, son los mios", gracias a los acontecimientos del principio, cuando Monóvar, que era, para mí, el mundo, me dio los medios, para ensanchar horizontes.
En mi familia hemos sido, y somos, cofrades del Sepulcro. Regresando a la infancia, he de decir que sólo pude desfilar dos veces en la Cofradía, porque era también monaguillo, y era músico: La Semana Santa del 59 la viví, como músico, agarrado al saxofón, y recordando una marcha procesional ("Mektub", creo) al inicio de la cual Joaquín, el de los platillos, extendía en horizontal uno de los platos para que Luis el Gallo (mi maestro de música) lo golpease, casi acariciándolo, con la maza del bombo.
Hoy puedo evocar libre y universalmente cualquiera de los recuerdos y de las imágenes, que nos hacen revivir nuestra historia humana común, desde el paradigma de la Hª de la Pasión. Esta es, a su vez, la Hª bíblica, que me propongo simplificar en tres momentos por lo que solemos pasar todos con más o menos tiempo; los momentos son: imagen, destierro y conciencia.

1) Imagen: Cuenta Pablo Jaén cómo en la noche del Jueves Santo pasado el Cristo fue subido al "porchet" de Sta. Barbara en medio de un impresionante silencio, y que, una vez arriba, fue encarado al pueblo y presentado con una "levantá" (Sevilla). ¡Cuántas imágenes evocadas en pocas palabras! Al leer esto, se me erizaron los pocos pelos que me quedan; sentí el mismo escalofrio que todos los que estaban alli esa noche: Cristo y Monóvar, bajo la luz de la luna iluminando tenuemente los contornos de nuestra tierra. Lo estoy viendo, y el escalofrio de vida-muerte-vida me recorre el cuerpo. Cristo mirando a Monóvar, y nosotros mirando a Monóvar; nosotros, cada uno de nosotros: ¿qu´´e es lo que se siente, qué es lo que se "ve"? ¿es real todo lo que vemos? ¿podemos creer? el día de la Resurrección, dice el evangelista Juan, el otro discípulo "vio y creyó".
La imagen de Cristo con sus brazos extendidos entre el cielo y la tierra de Monóvar nos trae un montón de imágenes vivas de nosotros mismosen nuestro pueblo. Miremos a donde miremos, ahí estamos nosotros siemdo niños, adolescentes, jovenes, adultos. Saboreemos plácidamente por un momento los nombres de nuestros escenarios: Betíes, el Cid, Bolon, la Solana, la Zafra, la "Serra la Vella" y el espacio por donde nos atrae el Levanta hacia Alicante, hacia el mar, cuya luz azul intuimos siempre en el horizonte. La Torre, el "Castell", la Iglesia, el Convento, el Ayuntamiento, la "Plasa la Sala", la "Plasa la Malva", el campo de futvol, la plaza de toros, "es Escoles", el "colegio", el casino, la estación, el cementerio (allí reposan ya muchos de los nuestros. "Selestial"), la Alameda, las fabricas, los campos, los barrios, las carreteras, las calles... Y, allí, en cualquiera de los lugares y tiempos, nosotros, nuestras primeras veces, nuestros primeros encuentros con la vida, los primeros amigos, la primera clase, el "aperitiu", la "serveseta", "es faves bollíes y es caragolets", la "charraeta, la cansoneta"...
Vemos todo eso... y mucho más: lo intimo, la tierra, el paraiso: las imágenes nos transportan a nuestro escenario- madre, a nuestro escenario-paraiso.

2) Destierro: Pero sentimos que la vida nos ha llevado más allá, y, de pronto, nos sorprendemos com extraños en un undo que se torna desconocido. ¿Que es esto? ¿que está pasando? ¿que "me" está pasando? ¿somos los mismos?.
Hubo un tiempo en que un pueblo, Israel, con una larga tradición de fe en Yahvé, sufrió un desastre. Corría el año 587 a. c. Al desastre siguió un destierro que duró casi 50 años. Las instituciones, los símbolos, las imágenes, los nombres, que servían de coordenadas al pueblo, les fueron arrebatados: la Monarquía, el Templo, el Sacerdocio..., todo fue al traste. Jerusalén no era más que un montón de ruinas. El pueblo, deportado, dispersado, se veía reducido a la desnudez primera del ser humano. Ya no sabía dónde poner su confiannza, todos sus apoyos habían desaparecido. ¿Que hacía Yahvé en semejante situación? ¿Cuales eran sus designios? Ninguna respuesta: sólo un silencio total. El abandono.
"Dios mio, ¿por qué me has abandonado?" Mucho antes de que Jesús pronunciara estas palabras en la cruz, aquel pueblo, deportado, conoció la soledad, como más tarde la conocería María, la Virgen de la Soledad; conoció el dolor, como la Dolorosa; conoció el abandono, la noche, como Jesús; y su grito se eleva al cielo.
Silencio. No hay respuesta. Se callan las voces. El cielo brilla con todas sus estrellas y les hace soñar con su tierra: con la vegetación de sus primaveras, con sus colinas tibias y doradas, con sus arroyos blancos y saltarines como corderos... Expectación, nostalgia... ¿Hemos side expulsados del paraíso? ¿Dónde quedan las imágenes de nuestra infancia? ¿Dónde, la armonía con el mundo, con el que nos estendíamos perfectamente? ¿Dónde aquel Dios de nuestra juventud?.
El destierro ha tenido lugar. Sentimos que hemos sido expulsados de nuestra casa, de nuestro mundo confortable hecho de imágenes; de nuestro propio cuerpo, de nuestra edad, de nuestra paternidad, de la Naturaleza, de nosotros mismos, y hemos sido arrojados a un mundo hostil: no nos gusta, no sabemos a dónde va, cuál será nuestro paradero. Y la nostalgia nos quiere devolver al pasado. Las imágenes nos remiten al pasado, pero un golpe de realidad nos dice que ha sido arrasado, ha desaparecido bajo nuestros pies. ¿A dónde ir?
Los deportados escuchan noticias de la destrucción de Jerusalén, y se callan, como en un velatorio fúnebre. Más de uno sueña con su tierra natal, con su pueblo, con su casa con sus hijos... ¡Que lejano parece todo eso! Ya no hay ningún lugar apacible en Israel, ni risas de niños, si cantares en las colinas. Solo los carros de guerra ruedan a lo largo del país. Y los montes pelados lloran a los hijos e hijas desaparecidos. El país ya no es más que un prolongado lamento. La situación es más fuerte que ellos. Sólo clamar: "¿Es justo todo esto?".
Un día, una voz se levantó en medio de ellos: "Comentáis: no es justo el proceder del Señor". "Escuchad, hombres y mujeres de Israel: estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué quereis morir? Yo, el Señor, no quiero la muerte de nadie. Estáis vivos. Cambiad vuestro corazón y vivireis". La voz era de Ezequiel, deportado también en la primera remesa.
Corazón nuevo, espíritu nuevo. Son palabras de una sencillez desconcertante. Decía A. Malraux: "las cosas capitales que se han dicho a la Humanidad han sido siempre cosas sencillas... Sin embargo, lo que hacen nacer es imprevisible".
A partir de ahora el fulcro de la vida, aquello en lo que ella debe apoyarse totalemente, ya no es la imagen, ni la institución, ni el templo, ni el nombre, ni siquiera la nación o el grupo social; es el corazón, lo más íntimo, profundo y personal que hay en el ser humano. También lo más duradero. Cuando todo está perdido, aún queda el corazón. Desde él, y solo desde él, puede recomenzar la vida.
Es ahí, en la desnudez, en la soledad del corazón, donde uno decide por sí mismo, donde va tomando conciencia. Y el proceso es doloroso. No es fácil aprender a servirse del propio corazón, apoyarse en él. Es más fácil buscar una seguridad exterior. Estamos ante los desconocido, pero la noche nos dice: "abre tu corazón a lo desconocido". Lo desconocido es el futuro que está por nacer. Es el Espíritu que planea sobre las aguas y las bate con sus alas. Siempre parece golpear desde fuera, pero llama desde dentro. Tiene el rostro del otro, del forastero, del extranjero, incluso del enemigo; y, sin embargo, es el íntimo, la profundidad inexplorada, la llamada creadora, el impulso irresistible de nuestro ser hacia un ser mayor.
La hora de la gran soledad es también la hora de los grandes comienzos. "Ha llegado la hora", decía Jesús. Es la hora en la que nos visita lo desconocido, en la que el futuro nos atrae hacia sí. "Dios mio, ¿por qué me has abandonado?" No sé nada, no veo nada, pero "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

3) Conciencia: Nos damos cuenta de que hemos vivido y de que se nos ha ido la vida. ¿Ha sido real, o ha sido un sueño?
Es ahora, pues, cuando adquiere todo su sentido este pregón. Esta es la hora. Porque, desde el corazón, abierto a lo infinito, no tenemos miedo de mirar ni hacia atrás ni hacia delante. Ahora podemos apreciar sin nostalgia la historia de nuestra Semana Santa y leer y comentar con gozo escritos como el de José Corbí que describe la Semana Santa en un pasado lejano, en 1887, y como el de José Vicente Corbí, que la describía en un pasado más próximo, la de 1963. Ahhora, estamos en condiciones de apreciar también el valor artístico de nuestras imágenes, tres de las cuales son obra del monovero José Mª. Alarcón, según explican, a su vez, Marcial Paveda Peñataro y, de nuevo, José Corbí: el Santo Sepulcro, el Cristo y la Dolorosa, así como las de Ntro. Padre Jesús, de la moderna escuela sevillana, recordando al Jesús del Gran Poder; y la de la Soledad, imagen de "extremada hermosura", como refiere José Vicente Corbí, realizada a mediados del S. XVIII. Pero es la hora también de apreciar su valor simbólico y permanente.
Estas imágenes son las mismas que vieron nuestros abuelos; ellas, permaneciendo, y nosotros, pasando: antes, Monóvar; hoy, Monóvar; mañana , Monóvar. Siempre el mismo , y siempre diverso; siempre antiguo y siempre nuevo; como era en el principio, ahora y siempre. Y todo ello como símbolo, como sacramento vivo de la eternidad que nos espera. (¡Qué triste y qué atrevida debe de ser la orgullosa ignorancia de quienes se atreven a profanar los símbolos y las imágenes de los pueblos! ¿No saben que ellas nos hablan de la vida, del trabajo, del amor y del sudor de los nuestros?).
Es ahora, pues, el momento de hacer memoria de los pioneros, al menos de aquellos treinta monoveros que formaron la Junta Directiva de la Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno, así como la del Cristo, cuyos nombres están inscritos con toda seguridad en la mante de los cofrades. Hago mención también de Aureliano Sanchíz y de los hermanos Hermelando y Francisco Corbí, presidente asimismo de la Artística, como fundadores de la Cofradía de Ntra. Sra. de los Dolores. Me permito decir que todavía recuerdo, con mis amigos de calle, ser testigo de la construcción de su carroza en el taller de Enrique "Cardosa", especialmente de las águilas que adornan sus ángulos, y que dificultan y añaden emoción a la salida y la entrada del paso en la iglesia parroquial. De igual modo, recordamos a Amador Mavarro como primer Hermano Mayor de la Cofradía del Santo Sepulcro, y a Joaquín Palomares Vidal, Marcial Marhuenda Crespo, Francisco Marín Corbí, Enrique Corbí Marín y José Amat Blanes, como miembros constituyentes de la Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad.
Y , naturalemente, es el momento de traer a colación a Conchita Molera, Asunción Palomares, Juanita Barberá, Reme Molera y Antoñita Pérez, iniciadoras de la Cofradía de las mujeres. Hay mucho trabajo por hacer, mucha documentación que estudiar, y mucha Historia que traer a la memoria. Pero sabemos que no faltan monoveros que dedican sus capacidades a ello. Cuanta más memoria, más y mejor futuro.
"¿Que ves, Jeremías?", le había preguntado Yahvé a su profeta en vísperas del desastre que iba a abatirse sobre Judá. "Veo una rama de almendro", respondió el profeta. En Monóvar sabemos que el almendro es un árbol precoz, que no espera al final del invierno para anunciar la primavera, sino que tiene prisa por florecer. Sobre sus ramas desnudas, todavía ateridas, brota restellante la vida invadiendo progresivamente hasta las ramas más altas. En medio de un paisaje desolado, el almendro en flor es un luminoso anticipo. Y la rama florida luce como el alba en medio de la noche. Más allá de la tormenta y la devastación, la Palabra sobre la que Dios no cesa de velar sigue siendo siempre la Promesa.
Es la hora. Hemos tomado conciencia de que la presencia del dolor, de la soledad y de la cruz en nuestras vidas está indicando un nuevo momento. Estamos a punto de renacer. Ha llegado la hora. Y yo os convoco a todos a abrir el corazón a lo que está por venir, a recuperar vuestros mejores anhelos de la vida en forma de belleza: la belleza de las imágenes y de los tronos que recorrerán una vez más nuestras calles; la belleza de la música, de los pasos, de los vestidos, de la luz, del cielo iluminado por la noche llena de luz; la belleza de una cruz que encierra promesa de vida. Vestid vuestras vestas, tocad con fuerza los clarines y tambores, encended los cirios, coronad las cabezas con los capuchos y las mantillas, desfilad, portad flores, escuchad tantos cantos y la música como el silencio, mirad la luna en su plenitud, portead sobre vuestros hombros los pasos, que son los pasos de la Pasión del Hombre, y redimid, unidos al misterio de Cristo, el pasado que quedó anclado a sólo recuerdos que nos paralizaron. Que la procesión nos ayude a tomar conciencia de que hemos de pasar por la cruz , pero con la conciencia clara de que la luz no es la última palabra. La cruz dará paso al inimaginable encuentro del Hombre Nuevo, resucitado, con la Madre Vieja, que sigue permaneciendo coma principio. Que el silencio abra nuestro corazón a una "Plasa la Malva" universal donde nos encontraremos con todos los nuestros, en un espíritu nuevo cargado de palomas sueltas y de fuego renovador.
La promesa está viva. El invierno continúa en nuestras surcos. Pero en alguna parte, en la mirada de los hombres, ha florecido ya una rama de almendro.

Feliz Semana Santa

Francisco Bernabé Alfonso
Consiliario de la J.M.C.H.S.S. de Alicante

Pregón pronunciado el Sábado 17 de Marzo de 2007 en el Teatro Principal de Monóvar

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